Cómo mejorar la comunicación para resolver conflictos

Siempre que centramos la atención en los sentimientos y necesidades de los demás, experimentamos lo que nos une: que todos somos seres humanos

Marshall Rosenberg

Hace 12 años que vivo con una persona que anteriormente no sabía que existía. Hace 33 años que duermo con otra persona que sabía que existía pero no sabía para qué existía. En lo que va de este año 2020 he aprendido a mirar al cielo y no juzgar a la lluvia o al viento, pero sí me pregunto ¿Por qué llueve? y, ¿Qué es el viento? He descubierto que la curiosidad de un niño es la forma más pura de demostrar su inteligencia, porque la curiosidad es dudar de aquello que vemos a simple vista, es querer mirar atrás de todo y no suponer la existencia de las cosas. Nuestro cuerpo está formado con millones de moléculas pero nos forjamos con millones de experiencias, experiencias que han palpitado nuestros sentidos y nos han llevado a la antesala de la genialidad. La curiosidad es eso, la antesala de la genialidad. 

No es lo mismo mirar a los ojos de una persona que mirar su alma. La primera forma es sencilla, vacilante; la segunda es una constante, a veces una tragedia dominante. Nunca nos han enseñado a mirar al interior de las personas porque nadie nos enseñó a mirar al interior de uno mismo. Para saber cómo reparar el motor de un vehículo primero hay que desarmarlo y conocer cada una de sus piezas. Lo mismo pasa con el ser humano; para saber cómo funciona primero tenemos que aprender a desarmarnos a nosotros mismos. Aprender a mirar el alma de las personas implica primero aprender a mirar tu propia alma, conocer tu esencia. Todo esto tiene que ver con la comunicación porque considero que la mejor manera de acceder a ella, de una manera efectiva, es a través de la curiosidad. Saber por qué y para qué suceden los conflictos, es la primera puerta para resolverlos. 

La primera persona que mencione al inicio de mi redacción es mi esposa, Ivón. La segunda, soy yo. Ha sido una constante aprender mucho de ella. Para ella lo más valioso es la comunicación. En sus palabras, siempre me ha dicho: “la base de toda relación es la comunicación” y la razón de su dicho avala los años que llevamos juntos, pero no ha sido nada sencillo. Ahora, estamos aprendiendo a comunicarnos de una manera diferente. A solucionar nuestros conflictos con base en una comunicación más empática, y asertiva, más estructurada.

Es irónico como el mayor generador de conflictos es la comunicación, pero me refiero a la inexistencia de esta o a una mala gestión. Es irónico como siendo la comunicación la primera herramienta del ser humano, se use para destruir. Es irónico como aquello que puede salvarnos primero tiene que destruirnos. Pero esa destrucción es aliciente para curarnos. 

Mejorar la comunicación para resolver conflictos es un sendero profundo y delicado que inicia con la primera caseta de cobro o peaje que es: tu mismo o misma. Así es, si quieres aprender a resolver conflictos con las personas que te rodean primero tienes que aprender a cambiar la comunicación que tienes contigo mismo o misma. Para comprender el por qué de lo que los demás piensan, primero tienes que comprender el por qué de lo que tú piensas. Y en la mayoría de las veces, las respuestas están en tu pasado. Y sólo comprendiendote, se te abrirá el camino para comprender y poder comunicarte mejor con los demás. No es un truco de magia o esoterismo, es simplemente tener conciencia de que todos tenemos una historia que contar. El conflicto surge de la interpretación que hacemos de la información o de las historias que nos cuenta. 

En su libro de “Comunicación No Violenta”, Marshall Rosenberg (por cierto, es lo mejor que he leído para aprender a mejorar la comunicación), parte de la idea de que para comunicarnos mejor hay que aprender a dar y escuchar desde el corazón, con empatía, compasión y sinceridad cumpliendo con los siguientes 4 componentes:

OBSERVAR SIN EVALUAR

Marshall Rosenberg, nos dice que el primer componente de la Comunicación no violenta, consiste en no confundir la observación, con la evaluación. Es decir, observar implica mirar a la otra persona de manera objetiva, atenta, con todos los sentidos, sin que ello nos lleve a evaluar, juzgar, criticar o sacar conclusiones tempranas sin haber analizado primero el contexto de la situación. De esa manera, se busca ampliar el panorama de la historia y mirarla desde diferentes perspectivas. 

IDENTIFICAR Y EXPRESAR LOS SENTIMIENTOS

El segundo componente tiene todo que ver con las emociones. El saber expresar cómo nos sentimos y qué emociones estamos experimentando ante determinada situación (sobre todo las desagradables) nos ayuda a expresar de manera clara y asertiva lo que sentimos. De esa manera, reconocer primero en nosotros nuestras emociones, nos llevará a reconocer en los demás las emociones y sentimientos que experimentan. Tener un listado de sentimientos y emociones, más allá de las básicas, nos ayuda a abrir más el abanico emocional. Por otro lado, no confundamos la emoción desde identificar las alteraciones fisiológicas del cuerpo hasta las acciones finales, por los pensamientos que tienden a evaluar e interpretar lo que sentimos. 

ASUMIR RESPONSABILIDAD DE NUESTROS PROPIOS SENTIMIENTOS

Esta parte es algo que requiere mayor trabajo personal. No es sencillo responsabilizarnos de nosotros mismos, sobre todo cuando vivimos dentro de una sociedad y cultura que nos ha enseñado a que mi tranquilidad depende de lo que los demás hagan y/o digan por mí y para mí. El primer paso para poder responsabilizarme de nuestros propios sentimientos es identificandolos. Y, ¿cómo le hago para identificarlos? Primero, ser conscientes de lo que esa emoción le está ocasionando a mi cuerpo. Que cambios fisiológicos estoy experimentando. Después, ponerle un nombre. Lo que siento es enojo, furia, tristeza, angustia, felicidad. Al final, tomar acción y hacer algo con eso que sientes para canalizarlo. Como dice Jorge Bucay: “Las emociones hay que saberlas encauzar. No se trata de hacer lo que siento, sino de qué hacer con eso que siento”. Y por último, no tomarte nada personal. Las personas no hacen o dicen nada contra nosotros; nosotros somos quienes permitimos que eso nos afecte. 

PEDIR PARA SATISFACER NECESIDADES

Este es el componente final de la comunicación no violenta de Marshall Rosenberg, el cual, inicia con la idea de que, muy en las raíces del conflicto, hay necesidades de las personas que no han sido satisfechas. Es por ello, que una vez recorrido el camino de los 3 primeros componentes, sabremos encontrar la manera de solicitar lo que necesitamos sin que suene a exigencia. Comunicar nuestras necesidades desde las emociones, nos abre el camino para la empatía. Aprender a expresar necesidades y también a escucharlas con empatía. 

Este método de comunicación es el que aplicamos en mediación. Como base de toda relación, la comunicación debe ser creada desde la conciencia de uno mismo, acompañada de empatía, compasión y una gestión correcta de la ira. La manera en cómo te comunicas contigo, refleja la manera en cómo te comunicas con los demás.

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