El ‘dilema del erizo’. Una parábola para explicar cómo funcionan las relaciones humanas

La emoción más vieja y más fuerte de la humanidad es el miedo, y el miedo más fuerte es el miedo a lo desconocido

H.P. Lovecraft

Hace algunos días, sostenía un diálogo percutido con Ivón, madre de Lía, y aunque estamos casados civilmente, no me agrada la frase “mi esposa”, porque no es un objeto para poseerlo ni mucho menos para ser de mi propiedad. Pero bueno, regresando al tema, el conflicto que traíamos era un poco acerca de nuestra comunicación, un poco acerca de la relación, un poco más de los dos y un poco menos de cada uno, o viceversa tal vez si le preguntamos al ego. Aún siendo mediador y sabiendo técnicas de comunicación, es complejo serlo y aplicarlas en tus propios conflictos cuando eres, a su vez, la víctima, el victimario, el juez, el mediador y, hasta el verdugo, y más cuando de relaciones familiares se trata. 

Posterior a esa discusión, me hice las siguientes preguntas: ¿por qué si nos queremos nos cuesta tanto trabajo contemplar un momento el momento de estar ahí para mirarnos como espejos (iguales) y dejar de flagelarnos? ¿por qué si en algún momento hemos ideado separarnos y abandonarnos, siempre terminamos desechando esa idea?; ¿por amor?, ¿por el recuerdo?, ¿por los hijos?, ¿por miedo? H.P. Lovecraft dice que “la emoción más vieja y más fuerte de la humanidad es el miedo, y el miedo más fuerte es el miedo a lo desconocido”. 

Todas estas preguntas formuladas, aún sin respuestas, me hicieron recordar que hace tiempo descubrí el Dilema del Erizo de  Arthur Schopenhauer; filósofo alemán del siglo XIX, precursor y máximo representante de la filosofía pesimista. El dilema del erizo es una parábola escrita en 1851 dentro de su obra Parerga y paralipómena

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“En un día muy helado un par de erizos que se encuentran cerca sienten la necesidad de acercarse para darse calor y no morir congelados, cuando los erizos se aproximan demasiado, sienten el dolor que les causan las púas del otro y eso los impulsa a alejarse de nuevo; el hecho de alejarse va acompañado de un frío insoportable, entonces ambos se ven en el dilema de elegir entre herirse con la cercanía de sus púas o morir congelados; para soportar el dolor ambos erizos se acomodan hasta encontrar la distancia en la que ninguno se hace demasiado daño, pero en la que tampoco mueren de frío”.

Como puedes leerlo, el dilema se centra en la elección de los erizos de acercarse para no morir de frío o alejarse para no hacerse daño físicamente. Lo mismo pasa con las relaciones humanas. Cuanto más cerca es la relación entre dos personas, más probabilidad existe de que puedan hacerse daño mutuamente; por el otro lado, mientras más distancia deciden tomar, están más propensos a sentir angustia y miedo por la soledad y, al final, morir de frío. 

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En otras palabras, las relaciones humanas, están consternadas a un bucle interactivamente humano, interminable e inestable, en el que vivimos todos los días. Somos seres naturalmente sociables. Necesitamos de otros para ser, hacer, dar, crecer; que se refiere al calor que damos y recibimos de los otros; y en ese encuentro, también estamos condenados a soportar la inevitable necesidad de alejarnos y soportar el frío por la amenaza de sangrar el cuerpo, pero aún así, en la distancia, sangra el alma, así que digamos, en esta parábola no existen muchas alternativas.

Al final, en la permanencia intermitente de nuestras relaciones, debemos buscar una distancia óptima para hacer de ellas interacciones más soportable, pues debemos tomar en cuenta que la interacción es perpetua, tanto real como idealmente, pues aún en la distancia, estamos condicionados a construir nuestra realidad con las vivencias y experiencias en las que los demás también han contribuido para construirla. 

El ser humano es complejo, ambiguo, absurdo, irracional, impaciente, terco, amoroso, callado, impasible, contradictorio. Somos buenos pero imperfectos. De todos los animales que habitamos este planeta, el humano se dice que es el único racional porque tiene la capacidad de resolver problemas, de crearlos, armar, desarmar, innovar, destruir y volver a crear. Pero en realidad, nadie de nosotros es consciente del entorno, de lo que piensa y de lo que ejecuta. La construcción de nuestro ser queda a dispensas de lo que el otro está dispuesto a sacrificar de sí para mí. Sólo a través de ese sacrificio podemos experimentar una realidad, mediante la suplantación de ese otro ajeno a mí. Para contrarrestar eso, sólo a través de la contemplación de uno mismo, seremos capaces de mejorar nuestra realidad personal.

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A manera de conclusión, considero que en todas las relaciones personales debe construirse una distancia óptima para mantener una relación más sana y humana. No me refiero a que sean relaciones frías, vacías, sin empatía; tampoco me refiero a etiquetar todas tus relaciones como tóxicas, mucho menos a las personas, porque entonces, tóxicos somos todos. Y seguramente te estarás haciendo la pregunta: ¿Cómo logro construir esa distancia óptima para mantener relaciones sanas y humanas? La respuesta, desde un enfoque restaurativo, es a través de la ventana de la disciplina social; una teoría de las prácticas restaurativas que puede ser aplicada a todas nuestras relaciones interpersonales y sociales; pero este tema lo analizaremos en el siguiente artículo.

Si te ha gustado este artículo puedes dejar tu opinión y también, te invito a que me digas que opinas acerca de esta parábola, ¿crees que así funcionan las relaciones humanas? o ¿crees que es muy extremista, y en la filosofía de Schopenhauer, muy pesimista?

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