Ventana de la disciplina social. Una teoría para construir relaciones más sanas

La semana pasada publiqué en el blog un artículo acerca de El Dilema del Erizo. Una parábola para explicar cómo funcionan las relaciones humanas; parábola escrita por Arthur Schopenhauer, filósofo Alemán, que explica cómo funcionan las relaciones humanas basadas en la inestabilidad natural del ser humano. Y bueno, para que no parezca pesimista dicha parábola, trataré de darle una solución desde la teoría de la ventana de la disciplina social tratada en justicia restaurativa, para saber, ahora, cómo podemos aprender a tomar distancia en nuestras relaciones sin flagelarnos por las púas, ni morirnos de frío por la distancia (si no has leído el artículo de la semana anterior, te invito a que des clic aquí para conocer de qué va).

Si bien es cierto, la ventana de la disciplina social es vista y analizada desde el marco de la Justicia Restaurativa ante la comisión de conductas delictivas o dañinas, creo que también puede ser trasladada a la interactividad de las relaciones humanas para hacerlas más sanas y placenteras, al final de cuentas, la ventana es para crear consciencia individual y social respecto de nuestros actos. Pero para comprender esto, analicemos primero la teoría partiendo de lo general a lo particular.

Comencemos por analizar la palabra disciplina. Podemos encontrar en Google o en el Diccionario de la Real Academia que la disciplina es: “Conjunto de reglas de comportamiento para mantener el orden y la subordinación entre los miembros de un cuerpo o una colectividad en una profesión o en una determinada colectividad” o, “Conjunto de reglas o normas cuyo cumplimiento de manera constante conducen a cierto resultado”. Ambos conceptos van dirigidos a regular el comportamiento de la persona, ya sea desde un plano personal o social. 

Michel Foucalt opina en su libro Vigilar y castigar. Nacimiento de las prisiones, que las disciplinas son técnicas que permiten el control del cuerpo y le imponen docilidad. Sometimiento del cuerpo a un control ejercido por un sistema regulado en reglamentos militares, hospitalarios, escolares, prisiones, etc. En el siglo XVIII, se veían las conductas dañinas como desviaciones del individuo, y se calificaban a las personas como buenas o malas; imponiendo castigos disciplinarios correctivos como una forma de curar esas desviaciones, trayendo como consecuencia que el castigo se normalizara en la sociedad haciéndola la más adecuada como respuesta al mal comportamiento. 

Social y, hasta culturalmente, hemos normalizado el castigo como la mejor manera de disciplina. Por esta razón, los padres castigan a los hijos, los maestros castigan a los alumnos, y usamos la palabra castigo como una forma de amenaza. Ante conductas dañinas, lo que deseamos es que se le castigue a la persona de manera severa, con cárcel, con golpes, humillación, menosprecio; que básicamente es de lo que habla también Mike Ledwidge en su teoría de la Bifurcación de la Justicia.

En el otro extremo, tenemos a las personas que no castigan a los niños, niñas, adolescentes, o adultos con mal comportamiento, y son etiquetados como “permisivos”. Ambos polos (castigo-permisivo), crean una disciplina lineal, limitada, porque no existen alternativas entre uno y otro punto: o soy muy severo en el castigo, o soy totalmente complaciente con la conducta, hasta el grado de legitimarla o, incluso, premiar a la persona. En cualquiera de los dos polos, lo que se logra es reforzar la conducta dañina y normalizarla. 

Espectro lineal de la disciplina

Con estas referencias, la ventana de la disciplina social busca crear alternativas para disciplinar y crear un balance entre lo punitivo y lo permisivo, pues la disciplina no debe ser un sistema de dominación y opresión o, de complacencia inescrupulosa; sino un sistema de educación basado en el respeto a la individualidad y a las condiciones específicas de cada persona. En ese imperativo, nacen dos variables de carácter positivo que ayudan a lograr ese balance: control y apoyo; la primera, entendida como el establecimiento de límites y, el segundo, como la capacidad de motivar. Estas variables juegan un papel muy importante en la disciplina porque encontramos niveles altos y bajos de ambos, categorizando cuatro variantes de la disciplina social: negligente, permisivo, punitivo y restaurativo. Lo que buscamos siempre es conseguir ser restaurativos, es decir, un nivel alto de control pero también un nivel alto de apoyo. 

Ventana de la disciplina social de acuerdo al IIRP

Ahora hablemos de la persona. El término persona proviene del latín persona que significa: máscara, refiriéndose a las máscaras que en la antigüedad ocupaban los actores teatrales. En esta línea, todos somos la máscara que le mostramos a la sociedad dependiendo del momento y las personas con quienes nos encontramos. Carl Gustav Jung, refiere que la persona se construye de acuerdo a las circunstancias externas en que se encuentra un individuo, adaptándose al ambiente de ese momento en específico. La misma máscara no utilizamos en todos los ambientes, siempre vamos cambiando de ella mediante actitudes adoptadas. No siempre somos los mismos en todos lados y esas adaptaciones van a depender mucho de las intenciones del individuo y de las exigencias de su entorno, es decir, lo que es aceptado socialmente y lo que responde a mis impulsos o deseos. El mismo Jung dijo que debemos tener cuidado con los individuos que son pura persona porque son ciegos altavoces de la sociedad que les dio forma. No es que hable de una pluralidad de personalidades, sino de una personalidad desasociada en potencia, es decir, que la personalidad es modificable. La persona es la parte consciente de nuestra psique.

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Ahora, te estarás preguntando ¿Qué tiene que ver la ventana de la disciplina social con la persona? Y si no, te invito a que la hagas porque aquí viene lo interesante de esto, porque le vamos a agregar otro elemento: conflicto. El conflicto es inevitable, es esencia del ser humano, es una extremidad más de nuestra evolución, pues solamente mediante el caos podemos evolucionar. Y, ¿Dónde nace el conflicto? en las relaciones humanas y, es en estas donde las personas pueden modificar su personalidad de acuerdo a factores externos o las personas con las que se encuentran, por eso, si alguna vez te has preguntado porque tu pareja o tú, actúan distinto ante los padres, los amigos, en el trabajo, en la calle, es porque estás adecuando tu personalidad al ambiente en el que te encuentras en ese momento y, todavía más cuando estamos inmersos en un conflicto.

Desde esa perspectiva, aterrizando en la parábola del erizo, cuando se entablan relaciones humanas siempre va a existir esa bifurcación de la que habla: necesitamos estar juntos para no morir de frío pero si nos acercamos demasiado podemos infringirnos daño con nuestras púas, y si nos alejamos también nos hacemos daño y terminamos muriendo de frío; entonces, ¿Qué hacemos? Buscar una distancia óptima en nuestra relación que nos permita soportar el frío y, a su vez, evite el daño causado por nuestros cuerpos espinosos. 

Por lo tanto, si el conflicto es inevitable en todas nuestras relaciones (sea en casa entre parejas, entre hermanos, entre padres e hijos, entre vecinos, en el trabajo), quiere decir que es algo que no podemos controlar, sin embargo, lo que sí podemos controlar es la manera en cómo sobrellevar esas relaciones, pero ¿Qué hacer para lograrlo? Lo que propone la teoría de la ventana de la disciplina social: usar un nivel alto de control (límites), pero también un nivel alto de apoyo (motivar), para tener relaciones más sanas y restaurativas. 

Aprender a poner límites entre nosotros es aprender a valorizar el valor intrínseco de las personas porque de esa manera evitamos hacerle daño al otro. Aprender a apoyar a los otros, es recordarles que aún a pesar del duelo en el conflicto, estamos ahí para ayudarles porque necesitamos de otros para ser, hacer, dar, crecer, evolucionar. La justicia restaurativa usa el control no como una técnica de sometimiento del cuerpo humano, sino como una forma de controlar la conducta humana que tiende a hacer daño. Los límites son aplicados sobre la conducta de las personas y no sobre las personas mismas. En cuanto a la motivación, Maslow refirió que todos buscamos satisfacer necesidades, desde las básicas, como comer, hasta las superiores, como la autorrealización, por esta razón, en nuestras relaciones, debemos apoyar a los demás para motivarlos a la satisfacción de sus necesidades.

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Una idea de proponer límites y apoyar, para que hagan más aceptable las interactividad con los demás, es pactar acuerdos previos, por ejemplo, en una relación de pareja, pueden acordar que ante un conflicto pueden darse el espacio y tiempo para calmar los ánimos y después dialogar para resolver el problema. En una relación laboral, se puede pactar previamente que, ante cualquier conflicto surgido entre empleados, acudan al área de recursos humanos (por decir), y someter su conflicto a un proceso de mediación. En una relación de arrendamiento, se puede establecer una cláusula en el contrato refiriendo que ante cualquier conflicto derivado de dicho contrato, tratarán de resolverlo primeramente mediante un proceso de conciliación, antes de acudir a la instancia jurisdiccional. 

La aplicación de la ventana de la disciplina en nuestras relaciones constituye una relación de respeto. En una relación laboral, no tenemos que ser los mejores amigos pero siempre debe existir una relación de respeto, que se logra mediante el establecimiento de límites y apoyo, porque ambos están por un fin común. Siendo humanista, siempre necesitaremos de la otredad para crecer, todos necesitamos de todos. Nadie es capaz de crecer por sí mismo. Siempre vamos a necesitar de otros para reconocernos como alguien, porque el reconocimiento se da a través de la aceptación o legitimación que alguien hace de mí como persona dentro de la sociedad. 

Y bueno, a manera de conclusión, aplicar la ventana de la disciplina social en nuestras relaciones resulta la mejor alternativa al castigo; recordemos que la disciplina debe ser un sistema de educación basado en el respeto a la individualidad y condiciones específicas de cada persona. Como los erizos, las relaciones humanas, dentro del conflicto, sólo cobran valor cuando valorizamos el valor humano de los individuos, por lo tanto, debemos buscar un equilibrio entre el castigo (dañar a otros), lo permisivo (consentir el daño), y lo negligente (dejarse morir de frío), para lograr un estado óptimo restaurativo, apoyándonos entre nosotros pero poniendo ciertos límites, sólo de esta manera, podemos construir esa distancia óptima para mantener relaciones sanas y humanas.

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